Hace veinticinco años, enero de 1991, camino a Madrid, abrí una cuenta de ahorros en el Citibank de Key Biscayne. Deposité veinte mil dólares en efectivo, lo que me habían pagado en Lima por mi apartamento en la avenida Pardo, Miraflores, frente a la embajada de Brasil.

El primer semestre de ese año, viviendo en Madrid, maliciando una novela, apenas toqué esos ahorros. El segundo semestre, las circunstancias me llevaron de regreso a Lima, donde presenté un programa de televisión con aire irreverente que tuvo cierto éxito, sobre todo cuando me burlaba del presidente que pronto se convertiría en dictador. Los nueve meses que hice el programa en Lima, pude ahorrar unos cien mil dólares. La noche en que el presidente se rebajó a dictador, abril de 1992, decidí irme del Perú. Virtualmente escapé. Se me informó de que si volvía al programa sería arrestado. Renuncié y tomé un avión al día siguiente. Mi novia se quedó en Lima, vendió mis cosas y transfirió los cien mil dólares a mi cuenta en el Citibank de Key Biscayne.

A mediados de ese año, y después de vivir la experiencia de un huracán en Miami, mi novia y yo nos mudamos a Washington, al barrio noble de Georgetown. Ella comenzó una maestría en la universidad de los jesuitas, yo me propuse terminar la novela que había comenzado en Madrid. Me negué a estudiar en la universidad a pesar de que me habían admitido (mi novia quería que estudiase ciencias políticas, pero yo sabía ya que la política era todo menos una ciencia), me rehusé a buscar un trabajo y le dije a mi chica que estaba dispuesto a gastar todos mis ahorros hasta terminar la bendita novela sobre mi familia puritana y mis amores inconstantes. Me tomó año y medio acabarla. A finales de 1993, un día de tormenta de nieve, la envié por correo, a la antigua usanza, en sobres voluminosos, a varias editoriales españolas. Ya me quedaba poco dinero en el banco. La novela fue publicada en abril de 1994. En agosto de ese año, refugiado en un hotel de Miami, escondiéndome del escándalo que provocó la novela, me quedaban apenas mil dólares en el Citibank: había invertido o dilapidado todo en escribir aquella novela inevitable. No me quedó más remedio que volver a Lima, a la televisión, el segundo semestre de 1994. A finales de ese año, había ahorrado un dinero, pero estaba lejos de los ciento veinte mil dólares que había llegado a tener en el Citibank y que se habían hecho humo, persiguiendo la quimera de ser un escritor.

En enero de 1995, mi esposa y yo nos mudamos a Miami. No tenía en la cuenta del Citibank más de cincuenta mil dólares. Le compré una camioneta a ella, conseguí un auto a crédito y comencé mi carrera de televisión en esa ciudad, donde, veinte años después, sigo residiendo y haciendo televisión. Esos años, de 1995 a 1999, fueron de gran bonanza económica para mí. Tanto la división periodística de CBS en español, como luego la cadena Telemundo, me pagaron mucho dinero, más de lo que había ganado nunca. Hacia mediados de 1999, había ahorrado mi primer millón. Todo mi dinero estaba en el Citibank. No quise comprar una casa, endeudándome. Vivía en una casa preciosa, pero alquilada. Cuando cumplí 35 años en febrero del 2000, me consideraba, sin jactancia, un hombre de éxito: tenía mi primer millón en el Citibank, había publicado varias novelas en España y me había hecho un pequeño nombre en la televisión en español. No quise comprar acciones en la Bolsa, ni especular en el boyante mercado inmobiliario, preferí dejar mi plata tranquila en el Citibank y hacer una gran fiesta en un hotel de Miraflores.

Luego vinieron seis años económicamente malos para mí. Me echaron de Telemundo acusándome de ser “muy intelectual”, volví a la televisión peruana, donde hice cosas carnavalescas o directamente vulgares, y luego, harto del circo, pasé tres años largos sin exhibirme en televisión, solo escribiendo, malviviendo entre Miami y Buenos Aires. Mis hijas iban a un colegio exclusivo en Lima, su madre gastaba bastante y yo les pagaba todo sin mezquindad, como correspondía. Esos seis años publiqué tres novelas más, pero no gané mucho dinero con los libros. Mis ahorros se vieron diezmados: el heroico primer millón se redujo a cuatrocientos mil. En Buenos Aires iba caminando todas las semanas a la agencia del Citibank en San Isidro, calle 25 de mayo, y sacaba miles de pesos y me daba la gran vida. Pero los pagos suculentos de la televisión se habían interrumpido. No quise abrir cuentas en bancos argentinos. Era un cliente orgulloso del Citibank.

Luego vinieron cinco años fabulosos en los que gané mucho dinero. Llegué a tener tres programas de televisión a la vez: uno en Miami, otro en Buenos Aires, y un tercero en Lima. Viajaba todos los fines de semana entre esas ciudades. Multipliqué mis ahorros considerablemente: los cuatrocientos mil dólares que tenía a finales de 2005, se convirtieron en tres millones a finales de 2010, sin contar unas propiedades que compré en Lima y Buenos Aires.

El 2011 me instalé definitivamente en Miami. Seguí siendo un cliente fiel, leal, diría que ejemplar, del Citibank. En mi momento de máximo esplendor, llegué a tener cinco ricos melones en ese banco. Ciertas personas me aconsejaban invertir en la Bolsa, o en bonos corporativos, o en el mercado inmobiliario, pero yo no quería correr riesgos y me gustaba tener mi plata sentada en el Citibank. Todos en la agencia de Key Biscayne me conocían y me trataban bien.

Hasta que una señora del Citibank, de apellido Salado, me dijo, haciendo honor a su nombre, que estaban investigándome por retirar mucho dinero en efectivo.

-Su perfil es sospechoso –me dijo.

-Sospechoso de qué -pregunté.

-De lavar dinero o planear actos de terrorismo –me informó.

-No lavo dinero –le dije-. Ni siquiera me lavo el pelo todos los días –añadí, sarcásticamente, pero ella no celebró la ironía.

Yo retiraba tres mil dólares en efectivo cada semana, todos los lunes, para pagar a mi numeroso personal doméstico: una nana, una cocinera, una limpiadora, un jardinero todo terreno y un carpintero virtuoso. Todos ellos me habían pedido que les pagase en efectivo, porque algunos no tenían papeles y otros, aun estando en regla, no querían pagar impuestos sobre el sueldo que yo les pagaba. Por ser bueno y compasivo con ellos, les pagaba en efectivo y no en cheques.

La señora Salado, investigándome con celo y rigor, me pidió que le explicara por qué había retirado tanto dinero en mayo y octubre del año pasado. Le presenté mi descargo detallado, con documentos absolutamente fundados en la verdad. Por lo visto, Salado no me conocía de la televisión ni, por supuesto, de los libros. Pensé que el asunto había quedado aclarado. Pero un tiempo después ella me dijo que yo había transgredido las reglas bancarias, desbordando el límite mensual de retiros en efectivo. Le dije:

-Pero nadie me dijo que había un limite. Debieron informarme en ese momento.

Luego le pregunté:

-¿Cuál es el límite?

-No lo sé –dijo ella-. No estoy segura.

De nuevo me permití un comentario sarcástico:

-Es como si la policía me detiene en la autopista, y me multa por exceder el límite de velocidad, y cuando yo le pregunto cuál es el límite, me dice: no sabemos.

Mis amigos de la agencia de Key Biscayne me aconsejaron que no retirase más de cinco mil al mes. Empecé a pagarle a mi personal doméstico en cheques, aunque algunos se quejaran. Pensé que ahora sí el asunto había quedado resuelto, en paz. Pero semanas después, volvimos de viaje y encontré varios mensajes de la señora Salado, diciéndome:

-Lamento decirle que vamos a congelarle las cuentas.

Antes de que me congelaran las cuentas, se me congelaron las pelotas. ¿Qué significaba “congelarme” las cuentas? ¿Se quedarían con mi dinero? ¿Iríamos a juicio? ¿Tendría que demostrar ante un juez que no lavaba dinero ni era terrorista? La llamé y ella me dijo, con voz sombría:

-Hemos decidido cerrarle todas sus cuentas.

Me quejé, protesté airadamente, reclamé ante mis amigos de la agencia bancaria de la isla, pero fue en vano. Esta semana tuve que retirar mis ricos melones apuradamente, sintiéndome un truhán, un maleante. El Citibank, mi banco durante veinticinco años, el banco donde llegué a atesorar mi primer millón, me echaba como si fuera un delincuente. Peor aún, la señora Salado que me expulsó me recomendó un cierto banco, donde una amiga suya era ejecutiva, y allí me dijeron:

-No podemos recibir su dinero, dado su mal historial.

Han sido días tristes. Me he sentido humillado, injustamente maltratado por el banco que era mi casa. Me ha dolido tener que retirar mi dinero en circunstancias tan bochornosas. No me ha quedado más remedio que llevar mi plata a un banco privado de inversión, donde me recibieron como una celebridad y no me preguntaron si era narco o lavador de narcos o terrorista embozado. Todo pasa por algo. A mis amigos del Citibank: adiós, y muchas gracias por los buenos recuerdos.

12 pensamientos acerca de “Sospechoso

  1. LUIS

    A mi me paso igual con Citibank, solo que con miles de dólares y no con millones como a ti, pero en definitiva en ese banco son realmente unos ineptos.
    Por lo general la banca en general aca en EEUU es asi, del Citibank me fui al JPMorgan y en 30 días me llego un cheque con mi dinero y una carta diciéndome que era un cliente que estaba haciendo mal uso de mis cuentas y por tal motivo me cerraban la cuenta.

    Que vivan los bancos de inversión!!!!

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  2. eddy

    Como alguien dijo encima, que fumaste Jaime ?
    Fueron esas hiernvas que facilmente reconocemos sus olores cuando caminamos alrededor de los parques limenos .
    Acaso entre hiervas malolientes o alguna hierva risuena , aquellas de mono rojo , de esas que Jaime conoce, que ahora se usan para el tratamiento de algunas enfermedades.
    Me gusto tu narrrativa, Jaime. Me la sople de un tiron, como cuando se aspira una linea de ese polvo magico
    A proposito, esta semana que acaba , no encontre tus videos, Where are you Jaime ?

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  3. Teresita Francis Medina

    Muy buena ….narración de esto…asi es la vida…quizas si fueras de verdad nsrco..
    No te hubieran cancelado….eso fue para la tipa coger…cargos de gran empleada…jajajajaja jajajaja

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  4. Jesus

    Una anécdota corta, bonita y amena pero triste; conociéndote debes haber estar muy a gusto con tu banco, de verdad debe haber sido un dolor de cabeza buscar otro y alejarte de la comodidad de conocer las agencias, al personal, la forma en que trabaja el banco.

    Saludos Bayly.

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    1. eddy

      Acaso entre hiervas malolientes o alguna hierva risuena , aquellas de mono rojo , de esas que Jaime conoce, que ahora se usan para el tratamiento de algunas enfermedades.
      Me gusto tu narrrativa, Jaime. Me la sople de un tiron, como cuando se aspira una linea de ese polvo magico.

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  5. Renata

    No soy religiosa pero dicen que lo que sucede conviene. Si algo aprendí durante los años que te seguí día tras días es que eres perspicaz. Tu sabes que tu dinero te ha costado neuronas y sacrificios, todos los que te queremos y seguimos lo sabemos también, La verdad es lo que importa…Humillados deben sentirse ellos por incapaces de conservar buenos clientes, Humillados deben sentirse quizás por dejarse manejar por malas intenciones Es difícil que entre tantos ejecutivos y empleados simples nadie te conozca…Entonces los SOSPECHOSOS son ellos.
    Alégrate y enorgullécete de ya no tener que ver con un equipo así.
    saludos

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  6. Cecilia

    Increíble la historia que relatas..pero no es raro escuchar algo así. El cliente no siempre tiene la razón, sino el banco que sí puede lucrar y especular con dinero ajeno. Saludos, Jaime

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comentarios

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