Tengo una curiosa debilidad por los viejitos, por la gente mayor. Parece ser que algunos viejitos también tienen una cierta simpatía por mí, o por mi programa de televisión.

Es frecuente que una mujer joven me diga: mi mamá no se pierde tu programa, o mi abuelita no se pierde tu programa. No recuerdo a una señora mayor diciéndome: mi nieta no se pierde tu programa.

La gente que viene al estudio cada noche a ver mi programa en vivo, a retratarse conmigo, a darme bendiciones y expresarme gratitudes, es, en promedio, más bien mayor. También vienen algunos jóvenes, pero los viejitos son franca mayoría. Debería escribir: somos mayoría, porque he cumplido cincuenta y cuatro años y ya me siento un veterano.

Por lo demás, tal como ha cambiado el mundo, esto de ver televisión abierta, a tal hora, en tal canal, viene siendo ya un asunto de viejitos renuentes a la tecnología, pues los jóvenes a menudo pasan por completo de la televisión abierta y sus canales clásicos.

Cada noche vienen al estudio unas cuarenta o cincuenta personas. Hay noches lánguidas, despobladas, en que a duras penas vienen veinte, y hay noches volcánicas en que se agolpan ochenta almas y el estudio se desborda de entusiasmo. Depende de cuán mal le vaya al mundo: si le va fatal, se presenta más gente; si no hay grandes desgracias, acude menos gente.

Un puñado de espectadores asisten cada noche, llueve o truene, sin falta. Son todos viejitos, encantadores, entrañables. Yo les digo en tono jocoso los accionistas del canal, los miembros del directorio, y ellos me celebran la broma, se sienten halagados. Viene una pareja de cubanos risueños e ilustrados, que con frecuencia me regalan libros y películas. Viene una pareja de viejitos muy fogosos para hablar de política, él fue preso político. Vienen dos señoras amorosas, que traen regalos para mi hija menor. Viene un viejito algo subido de peso, tierno, bonachón, que solo ve con un ojo y vive con su mamá, casi centenaria. Viene otro viejito que se casó cinco veces, fue rico, pero quedó arruinado, después de tantos divorcios.

La semana pasada, uno de esos viejitos, el donjuán, cumplió años, noventa y dos años, nada menos. Le pregunté qué haría por su cumpleaños, cómo festejaría semejante hito. Me dijo con gesto melancólico que no tenía planes. Lo invité a mi casa. Se sorprendió, me agradeció, se ilusionó. De paso, invité a mi casa a todos los demás viejitos infaltables en el estudio. Aquella noche, en la cama, se lo conté a mi mujer. Vienen todos los viejitos el sábado por la tarde, le dije. Ella se enojó conmigo. Debiste consultarme, me dijo. No es plan para mí, añadió. Te entiendo, le dije. Pero no tienes que estar con nosotros, añadí. Te vas a la playa y me dejas solo con los viejitos, sugerí. Cuántos viejitos van a venir, me preguntó. No lo sé, respondí. Calculo que entre seis y ocho, dije, pero el cumpleañero y su novia vendrán seguro, él cumple noventa y dos años. Luego pregunté: ¿Tendremos una vela del número 9 y otra del número 2? Mi mujer me miró con estupor y respondió: Tenemos un 5 y un 4, las que pusimos en tu último cumpleaños. Les diré que hay que sumarlas, dije, sólo nos falta el 2.

Al final vinieron seis viejitos bien acicalados y emperifollados, oliendo a perfumes nobles, el sábado por la tarde. Llegaron sin sobresaltos, por suerte no se perdieron, era la primera vez que venían a mi casa. Mi mujer se puso una minifalda muy sexy. Los vas a matar de un infarto, le dije. Yo había comprado tostados de miga, croissants de jamón y queso, y lasaña de carne en una tiendita de la isla.

Los viejitos llegaron todos a la vez, en tres autos algo vetustos. Vinieron en caravana para no extraviarse. El cumpleañero senil, que se casó y divorció cinco veces, que alguna vez fue rico, me presentó a su novia veinte años menor, en sus setentas, muy distinguida, con sombrero de ala ancha. Les ofrecimos vino, champagne o agua mineral. El rey de la fiesta pidió vodka para irrigar bien sus noventa y dos recién cumplidos. No tenemos vodka, le dijo mi mujer. Entonces sírveme un whisky, pidió él. Nunca se habían pronunciado esas palabras en nuestra casa: entonces sírveme un whisky. Mi esposa fue a servirle el whisky, al tiempo que se acomodaban los viejitos ilustrados, risueños, siempre sonrientes, de buen humor, y la pareja de veteranos fogosos para hablar de política. Antes de que todos ellos llegasen, mi mujer me había advertido de que no se sentaría a la mesa con nosotros. Iba y venía con los tragos y la comida. Todos los viejitos la mirábamos, embelesados. En medio de tantos veteranos ajados, su insolente belleza resplandecía.

Quien tomó la palabra y pugnó por no compartirla fue el cumpleañero matusalén. Era su día, se sentía importante, festejado, y tenía mucho de qué hablar. Habló, por supuesto, de política. Hablamos de política con una pasión insana, no se habló de otra cosa que no fueran la política y sus ramificaciones policiales. Mi mujer venía, servía más vino, más champagne, dejaba tostados crocantes, croissants espléndidos y desaparecía, espantada, como huyendo de un naufragio. El perrito comía todo lo que caía a sus pies, y yo me ocupaba de que le llovieran las cosas más ricas. Entretanto, el cumpleañero provecto no parecía dispuesto a compartir el uso de la palabra y gobernaba el mundo con mano férrea: invadía Cuba, invadía Venezuela, invadía Nicaragua, envenenaba dictadores, ajusticiaba tiranos, ahorcaba sátrapas, regresaba a la isla de la que escapó hace décadas, para no más volver. Y todos en la mesa, ya levemente alicorados, chispeantes, lo acompañábamos en sus invasiones militares, nos descolgábamos en paracaídas con él, vertíamos sigilosamente gotas de plutonio en el café del dictador. Fueron cuatro horas gloriosas, memorables, en las que un puñado de viejitos sin patria ni futuro, no muy lejos del fin, derrotamos a todos nuestros enemigos políticos y regresamos a nuestros países a tomar el poder, aclamados por las multitudes.

Hasta que empezó a llover torrencialmente, de súbito, sin previo aviso, y fue el fin del mundo, o casi.

Porque la precipitación fue tan violenta y copiosa que no nos dio tiempo de guarecernos y nos bañó por completo. Mientras nos poníamos de pie con decrépita lentitud, y los más añosos buscaban sus bastones, y las señoras veían con estupor cómo el chubasco les despintaba el pelo y les corría el maquillaje, ese chaparrón virulento e inopinado vino a recordarnos que tal vez debíamos estar todos en un asilo geriátrico, comiendo papilla, y no conspirando de forma vocinglera. De pronto nuestro heroísmo cívico y nuestro fuego libertario se vieron bastante menoscabados por aquella lluvia impertinente que nos dejó a todos como gallos mojados y gallinas empapadas.

Mojados hasta los huesos, diezmados por el diluvio, aguadas la tinta del cabello y la base del maquillaje, con aspecto de náufragos o fantasmas, los viejitos pasamos a la casa, nos protegimos del aguacero y nos sentamos en la sala.

Entonces comenzó el festival de toses. Todo el mundo tosía, mientras el cumpleañero nonagenario gritaba cosas políticas inflamadas y proponía hacer una colecta allí mismo para comprar drones y matar por fin al dictador. Entre toses, carrasperas, achaques, convulsiones y estornudos, la tertulia prosiguió, aunque ya mi mujer no aparecía, y mi hija tampoco, y la empleada, menos que menos, pues todas ellas se refugiaron en el segundo piso, tan pronto como los viejitos momios invadimos el primero.

En algún momento alguien me preguntó cuál era la situación política en mi país de origen, y entonces empecé a hablar caudalosa y apasionadamente: por fin era mi momento para hablar, para contarles que yo pude ser presidente, para impresionarlos con mis ideas libertarias, pero, hablando todo fogoso, tal vez azuzado por las bebidas espirituosas, noté que un viejito se había quedado dormido, otro miraba su celular y una viejita leía una hoja parroquial. Le pregunté a la viejita si era religiosa. Me dijo que sí, de misa diaria. Su esposo, todavía húmedo por la lluvia, me dijo que ellos rezaban todos los días por mí. Me conmovieron. El viejito que dormía a pierna suelta empezó a roncar. Nadie quiso despertarlo.

Más tarde, ya de noche, decidimos levantar el campamento. Le había prometido a mi mujer que iríamos al cine, pero ya era muy tarde, la función había comenzado. Al salir, mi mujer bajó y se despidió amorosamente de todos. Yo llevé a las señoras del brazo, no fuesen a resbalarse. Al darnos un abrazo, le pregunté al cumpleañero, noventa y dos años bien llevados, qué planes tenía para seguir disfrutando de la vida. Voy a sacarle plata a la compañía de seguros, me dijo. No le entendí.

Pero, al salir manejando, retrocedió su auto de un modo imprudente y lo estrelló contra un árbol. Me acerqué, preocupado. Le pregunté si estaba bien. Perfecto, me dijo, mejor que nunca. Diré que me chocaron por atrás y se fugaron, añadió. Tengo el cuello muy adolorido, el seguro me tendrá que pagar treinta mil dólares, dijo, risueño, y soltó una carcajada.

45 pensamientos acerca de “Seis viejitos gobiernan el mundo

  1. David Cohen

    Ya me imagino esa mesa de diálogo y estrategias políticas jajaja. Hiciste feliz a un grupo de personas que te son fieles. Excelente iniciativa.

    Responder
  2. Giuliana wiese

    Cada historia tuya impresiona.
    Me identifico con ese espíritu con el que escribes.
    Y siento el mismo aprecio hacia aquellas petonad de tercera edad que tienen tanto por transmitir.

    Responder
  3. Rosa Trezza

    Me habría gustado estar en esa reunión, ¡que gusto y que interesante!
    Marc, mi esposo -irlandés-, y yo -venezolana- te vemos siempre por YouTube, desde Cork, Irlanda. ¡Gracias por tu dedicación a Venezuela!
    Un abrazo,
    Rosa

    Responder
  4. Diego Gonzales

    Hola, te saludos desde Bolivia, me encanta tu programa lo veo sin falta por youtube, espero no te pierdas la actualidad de mi país, que, políticamente se encuentra cumpliendo el libreto cubano que fue implementado en Venezuela, saludos

    Responder
    1. Eduardo Montes

      Grande Jaime!! Eres un Grosso!! Saludos de un venezolano exiliado en Ecuador. Te vemos a diario y anhelo el día en que puedas celebrar con todos nosotros aunque sea en forma indirecta la libertad de nuestro hermoso país Venezuela. Te queremos un montón!! Dios te bendiga.

      Responder
  5. Angie Álvarez

    Brillante Jaime, te sigo a diario desde Colombia. Admiro tu espíritu libertario y tu defensa de la verdad y la justicia. Ni qué decir de tu humor. Un abrazo enorme.

    Angie.

    Responder
  6. Yender Zambrano

    Hola Jaime, tengo 36 años y nunca me pierdo tu programa. No lo veo en vivo, primero porque no tengo tele, segundo porque no veo tele, y tercero porque mi momento de relax son las mañanas al comenzar el día. Veo tu programa por YouTube en mi tablet, mientras degusto un café y reviso el periódico, antes de salir a trabajar. Saludos desde Silver Spring, Maryland.

    Responder
    1. Amberst gargatt balcazar

      Siempre ameno tus comentarios un gran saludo para ti mi estimado amigo Jaime Dios te guarde y prolongue tu existencia al igual que el amigo matusalén que honró tu casa con su presencia gracias por todo.

      Responder
  7. Esther

    Y regreso…esta vez sin Chai en mano.
    Más que genial imaginarte en tan peculiar tertulia. Tal vez unos 4 Siglos 1/2 entre todos o más.
    Conversas en torno a la política Mmm… hubiese sido muy divertido hablar de Sexo entre adultos o niños sin querer.
    Le pedimos permiso a Silvia y me invitas a mi cumple? Que ganas de conversar contigo algún día! Buena Vida Jaime. Kiss Your Soul

    Responder
  8. Mercedes Bueno

    Hola Jaime, me encanta leer tus columnas, eres muy divertido escribiendo. Me haces reír con tus escritos. Eres único y original con lo que escribes. No cambies esa forma de hacerlo. Te admiro siempre!!!

    Responder
    1. Maritza

      Me mori de la risa…pude imaginar cada uno de tus invitados.Y si nosotros los veteranos por nuestras experiencias de vida ,sabemos que a la larga o a la postre todo resulta en una tragicomedia.

      Responder
  9. Sol

    Pero que pesada tu mujer. Perdón, pero alguien tenía que decirlo.
    Pero claro, ella de qué iba a hablar con esos viejitos graciosos? «Fíjate que me dedico a firmar libros que me escribe mi esposo». Bahhh

    Responder
  10. Nercy Flores

    !Un genio! Tengo 25 y me encanta ver tu programa, leer tu columna, por cierto estoy leyendo Pecho Frío (muy divertido). Gracias por deleitarnos con tu irreverencia, tu genialidad, tu elocuencia…

    Responder
  11. Armando Barreto

    Saludos Bayly , desde San Juan , PR , no me pierdo tu programa ,soy Venezolano y sufro dia a dia lo que pasa en mi pais , es inexplicable , enviame saludos por favor , mi esposa Sandra siempre ve el programa conmigo, quisiera saber si guardas todos Los cuadernos con Los que haces el programa, si es asi en efecto , me imagino que tendras un monton de cuadernos , sino que haces con ellos ? , bueno Buena noche y espero que siga tu campana hasta que caiga el » mamaguevo » de Maduro. Saludos
    Armando Barreto

    Responder
  12. Raúl Barbero

    Allá por 1996, mi madre en aquel entonces con 46 años, se sentaba todas las noches a ver tu programa en CBS, se carcajeaba con tus ocurrencias al entrevistar a artistas y políticos. Desafortunadamente acá en Guatemala ya no se transmitieron tus programas, hasta que en el año 2008 un canal volvió a transmitir en diferido tus programas, mi madre ya entonces con 58 años se emocionó tanto. Desde hace dos años, yo le leo a mi madre tus columnas y comentamos tus programas. Mi madre a sus 69 años, es a su manera una viejita mas en el selecto grupo de seguidores tuyos. Te vemos, te celebramos y te deseamos 1000 años más en la tv.

    Responder
    1. julio Quiñones

      Te sigo diariamente. Veo tu programa siempre. Tengo 47 años. Por favor envíame un saludo desde tu programa: Julio Quiñones de Aguada, Puerto Rico

      Responder
    1. Luis Fernando

      Tambien tengo 21, y me he vuelto aficionado a jaime aunque mi abuelita lo ha visto un par de veces y ya me pregunta por el «no ha salido el programa del gordito?» JAJAJAJAJAJAJAJA

      Responder
  13. David G

    Eres un Crack para la escritura! Ni más ni menos.
    Colombiano desde Moscú, sin falta 1 hora y 10 mins todos los días pendiente de tu show.
    Larga vida a Jaime Bayly .. !

    Responder
  14. María C.

    Genio de la pluma y del buen humor negro, eso eres Jaime ! Disfruto todos tus programas, gozo tus abundantes escritos. ( ..tuve que recificar esa última palabra, Jaime, por poco subo una palabra que, aquí se vería grotesca y no era mi intención, jaja!) Gracias por contagiarnos tanto sentido práctico !.

    Responder
  15. Gines Flowers

    Jajjajajja que chuleria, esos viejetes nunca olvidaran tal aventura, el solo hecho de asistir al programa ya es una aventura!!!!!
    Tengo 56, y placidamente esperarè 20 años si es preciso, para
    Cuando me llegue la hora de vivir esa aventura disfrutarla al mejor estilo del 2039.
    Te quiero niño grande ❣

    Responder
  16. Marcos Israel

    Excelente Jaime. Soy nacido en los 80s. Te sigo a ti y a tu prosa desde que antes que apareciese en una premiacion en los Mtv awards. Tu narrativa es vívida y amena. Saludos de un Boliviano-Chileno que te aprecia.

    Responder
  17. Denia

    Ay Jaime, me envuelves en tu maravillosa elocuencia literaria y puedo, a medida que leo, ver a todos tus invitados, vestidos elegantemente y hasta oler sus perfumes. Maravilloso Jaime. Que Dios te bendiga siempre!!

    Responder
    1. Ricardo OCTAVIO MONTERO GOMEZ

      Jaime ten la seguridad q tendrás la fortuna de disfrutar la ancianidad.
      Desde tu juventud fuiste criticado pero demostraste ser más hombre que tus críticos, ahora nuestra sociedad es miedosa rosquete y complaciente de la injusticia y de la corruptela.
      Para adelante Jaime, q te siga saliendo sangre de los dedos al escribir lo q te dicta el corazón.

      Responder

comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*