Llegué extenuado a Lima. Era un viernes por la noche. Llevaba dos maletas llenas de regalos. Tardaron en salir. Había mucha gente en el aeropuerto. Era previsible, faltaban dos días para las fiestas navideñas.

No estaba en buenas condiciones de salud. Había dormido apenas cuatro horas la noche anterior. Me sentía exhausto, me dolía la cabeza, no había podido dormir en el avión, había tomado varias tazas de café durante el vuelo.

Todos los años regalaba más o menos lo mismo a mis hermanos, cuñadas y sobrinos: perfumes para todos, y quizás también corbatas o chalinas. No corría riesgos, no abultaban demasiado en las maletas, un buen perfume siempre caía bien y no era tan caro.

Pero esta Navidad decidí que haría mejores regalos para celebrar un año de extraordinaria bonanza económica.

Acompañado de mi esposa y nuestra hija, fui a una tienda de productos tecnológicos en Miami y compré regalos para toda la familia: mis hijas, mis hermanos, mis cuñadas, mis sobrinos, la familia de mi esposa y, por supuesto, mi madre. Somos una familia numerosa: soy uno de diez hermanos. Sumados mis hermanos, cuñadas y sobrinos, mis hijas y mi madre, además de la familia de mi mujer, eran, y no exagero, más de cincuenta regalos. A los niños les habíamos comprado relojes tecnológicos de última generación; a los adultos decidimos halagarlos con tabletas, parlantes y audífonos; para mis hijas adquirimos toda clase de artilugios de esa tienda de productos codiciados, que, por supuesto, no podían conseguirse en Lima; además de relojes de alta gama para mi madre y algún hermano muy querido, con quien me sentía especialmente en deuda. Todos los regalos entraron bien apretados en dos maletas grandes. No pude añadir una sola prenda de vestir. Las valijas estaban tan llenas de obsequios que no fue posible introducir en ellas ropa interior tan siquiera. Por suerte no era un problema, en mi apartamento de Lima tenía suficiente ropa de verano.

Como había ocurrido en mis recientes viajes a esa ciudad, no me entregaron ningún formulario en el avión, ni tampoco se lo dieron a nadie. Antes, y vaya si he volado en esa ruta entre Miami y Lima, las azafatas te entregaban una cartilla de migraciones y otra de aduanas, y sabías entonces cuáles eran las restricciones, límites y penalidades a que te sometías, firmando la declaración de aduanas y comprometiendo tu palabra y, con ella, tu honor, si lo tenías, lo que en mi caso era siempre dudoso. Pero ahora, de nuevo, y como en mis últimos viajes, no me dieron ningún papelucho burocrático, y cuando le pregunté a la azafata, me dijo que ya no había que presentar declaración de migraciones ni de aduanas. Deduje, pues, que no debía declarar nada y que mis regalos navideños no estarían sujetos a pago de impuestos. Pensé, ingenuamente, que se trataba de un progreso razonable del sistema burocrático.

Cansado, hecho polvo, empujando mis maletas pesadísimas, me aproximé por fin a la salida y uno de los aduaneros me preguntó, con gesto adusto, de dónde venía. Pude haberle dicho de Quito o Buenos Aires, vuelos que acababan de llegar, pero no quise mentirle y le dije que venía llegando de Miami. De inmediato me mandó a la fila de rayos X. Cuando mis maletas pasaron por ese escrutinio, un joven me detuvo, las abrió, vio el contenido, un montón de relojes, tabletas, altavoces y audífonos, improvisó un gesto de estupor y dijo que yo había cometido una infracción al no declarar la mercadería que llevaba y que tratar de introducirla sin la correspondiente declaración equivalía a contrabando. Le dije que no había declarado nada porque la señorita del avión me informó de que ya no entregaban declaración de aduanas a los pasajeros. Me dijo que debí pedirla al llegar a Lima.

De inmediato se sumó a la inspección ceñuda un aduanero veterano de apellido impronunciable. Mirándome con inequívoca hostilidad, cultivando una antiguo rencor que me sorprendió, me dijo, relamiéndose, salivando la venganza:

-Usted es el que dijo que los aduaneros somos corruptos.

Lo miré, perplejo, demudado. Prosiguió, frotándose las manos, listo para humillarme las horas subsiguientes:

-Usted es el que dijo que los aduaneros peruanos nos vendemos por un libro.

Quedé tan sorprendido ante el tamaño de su acusación, que, por supuesto, la negué en términos airados, alegando que yo nunca había dicho ni escrito semejante infamia. Pero él, memorioso para el rencor, me espetó que hacía doce años, cuando el ladrón de Toledo era presidente y el embustero de Kuczynski era su ministro favorito, yo había llegado a Lima procedente de una feria del libro en México, y un aduanero había hallado en mis maletas dos computadoras, y como eso al parecer estaba prohibido, pues solo podía viajar con una, me había pedido un libro de regalo, que yo por supuesto le había entregado, y al parecer aquella semana yo había publicado una columna en el diario “Correo” de Lima, contando que un cierto aduanero peruano había tenido ese gesto de gran simpatía y humanidad conmigo, el de dejarme pasar los controles a cambio de un libro, un abrazo y una foto. Pero allí no concluía, claro está, la historia: el día en que apareció mi columna en el periódico, la entonces primera dama, la atrabiliaria señora Karp, que me odiaba desde el escándalo de la hija negada de Toledo, averiguó quién había sido el aduanero que me trató con cariño y lo despidió de modo fulminante.

-Pero yo no insulté al aduanero –me defendí, ante su colega-. Yo dije que fue amable conmigo. Y jamás me imaginé que lo despedirían por eso. La culpa no es mía, es de los Toledo, en todo caso.

El sujeto de mirada mezquina y aire vengativo me recriminó con acidez:

-Por su culpa la botaron. Usted nos insultó a todos los aduaneros peruanos.

Era evidente que me encontraba en apuros. El individuo de marras y su asistente pasaron a calcular, con gran desparpajo, el valor de mis regalos navideños y, a continuación, el monto oneroso que debía sufragar por concepto de impuestos. Era, claro, una pequeña fortuna. Yo me defendía, diciendo:

-¡Pero cómo podía saber lo que debía declarar, si no me dieron una declaración de aduanas!

Y el jefe de la alcabala, el ángel vengador, el jardinero de sus antiguos rencores, me decía:

-Usted debió consultar con nuestra página web.

Su explicación me parecía inverosímil, disparatada, extranjera al sentido común. ¿Cómo podía yo conocer los límites, si ya no entregaban el formulario de aduanas? ¿Cómo podían acusarme de una infracción, si ignoraba cuáles eran las reglas que había transgredido? Se me informó, a secas:

-El monto total de sus regalos no puede exceder los quinientos dólares. Y usted lo ha excedido.

Por supuesto, si eran más de cincuenta regalos, tenía que haberlo excedido, pero ¿cómo podía haber sabido que no podía traspasar aquella barrera absurda de quinientos dólares, no habiendo leído la declaración?

-Debió leer nuestra página web –era lo que repetía, como un loro amaestrado, el aduanero que me había esperado doce largos años para vengarse del despido arbitrario de su colega.

Tal vez porque estaba fatigado y con dolor de cabeza, quizás porque me parecía un abuso que me impusieran un tributo tan elevado por mis regalos navideños, especialmente porque sentía que era una clara venganza, un indudable ensañamiento, perdí lamentablemente el aplomo, monté en cólera y anuncié, en tono grandilocuente, agitando los brazos:

-¡No pagaré nada! ¡Ahora mismo llamo a mi abogado!

Enseguida miré mi celular y quedé absorto, porque comprendí que no tenía abogado a quien llamar. Llamé a mi esposa, que había llegado a Lima unos días atrás, para asistir a los funerales de una señora muy querida por ella. Me dijo que mi madre estaba en el aeropuerto, esperándome. Mi esposa llamó a mi madre y le dijo:

-Jaime está detenido. Lo acusan de contrabandista. Tiene que pagar miles de dólares.

Mi madre, señora de armas tomar, bajó de su auto, entró resueltamente al aeropuerto, burló varios controles de seguridad, haciendo gala de sus encantos, y se puso a tiro de piedra del lugar donde me tenían detenido.

-¡No pagues nada, no pagues nada! –me gritó.

Estaba rodeada de seis policías, que le pedían que se retirase, pero ella no daba un paso atrás.

-¡Soy la mamá de Jaime Baylys! –gritaba.

Yo pensaba: en estos tiempos, eso equivale más o menos a ser la mamá de Chibolín. Yo me lamentaba: estamos haciendo un escándalo como el de Chibolín con los niños en el aeropuerto de Caracas. Mi madre agitaba el dedo acusador, tensaba el rostro y gritaba, con admirable gallardía:

-¡Mi hijo es amigo de Trump! ¡Mi hijo ha comido con Trump en la Casa Blanca!

Los policías la miraban, divertidos. Yo le hacía señas para que moderase el tono virulento de su protesta. Pero, la verdad, yo también estaba furioso, desbordado, desencajado, y le decía al aduanero:

-¡Acá me quedo hasta las seis de la mañana! ¡Mi abogado ya está en camino! ¡No se imagina el lío en que se ha metido!

Sonó mi celular. Contesté. Puse altavoz para que no me diera cáncer. Anuncié, en tono sicalíptico:

-¡Es mi abogado!

Luego todos oyeron la voz de mi esposa:

-Mi amor…

Casi sueltan una carcajada. Resultó evidente que mi madre y yo carecíamos de una buena defensa legal. Cómo me hubiera gustado tener el teléfono del brillante abogado que, en la víspera, había salvado de la vacancia al presidente. Entretanto, mi madre proclamaba a los cuatro vientos:

-¡Mi hijo no es ningún coimero como PPK! ¡Suelten a mi hijo!

Harto, abrumado, derrotado, incapaz de convencer al aduanero vengativo de que su emboscada era un acto injusto de puro ensañamiento personal, pagué en efectivo el monto que se me impuso y salí rodeado de policías, al tiempo que mi madre y yo nos confundíamos en un largo y sentido abrazo.

-Tienes el pelo muy largo y se te cae el pantalón –me susurró ella al oído-. Pareces un huevón. Así nunca vas a ser presidente.

Yo quería romper a llorar. Pero no podía hacerlo en público, abrazado por mi madre y mientras los curiosos me veían salir a paso lento, rodeado por la gendarmería.

-PPK tiene la culpa de todo –sentenció mi madre-. Estoy segura de que él ordenó todo esto.

21 pensamientos acerca de “La venganza del aduanero

  1. Diego

    Jayme, me dejaron esta pregunta con respecto a tu experiencia en el aeropuerto, la cual me pareció de esas historias que no lee deseas a nadie, sin embargo disfrutas de alguna manera leerla por la forma como se expresa, ¿el contribuyente tiene razón o no? Justifique. Me encantan tus libros! Saludos!

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  2. Javier

    jajajajaj EXCELENTE !!! eso que no tuviste la “suerte” de pasar por los aduaneros ARgentinos, que te dan vuelta una maleta pero por afuera ingresaban cualquier tipo de contrabandos pagando 10 mil dolares por container como minimo….

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  3. Oscar De la Cruz

    Jaime, hace poco descubrí tu blog. He leído algunos libros tuyos y siempre me gustaste. Escribes como pituco, pero de los buenos. Éxitos en todo.

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  4. Adela

    Yo no viajo tanto como me gustaría pero envío maletas a Perú y lo primero que te dicen los amigos cuando te hacen de Courrier, es nada de tablets , ni laptops, si en el caso un celular , por q los pasajeros tienen opción de una laptop de una tablet y de celulares completamente cargados , pienso que quizás te confiaste demasiado y es extraño q lo hicieras ya que viajas muy continuamente , en fin ya con esto estarás más informado, saludos y espero estés bien .

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  5. Rocio Kumar

    Pobre Jaime para la próxima mejor les regalas a todos efectivo en su respectivo sobrecito o un gifts card y ya !!! asunto arreglado y no tienes que pagar impuestos !!!! La burocracia peruana cada día está peor si le hubieras dado algunos verdes a aduanero todo hubiera quedado ahí pero lamentablemente sabes que en Navidad los aeropuertos hacen sus navidades con todos los que viajamos !!!!
    Suerte sigue alegrándonos este 2018 con más historias please Y espero con ansias algún nuevo libro y el de tu esposa
    Feliz 2018 Jaime
    Te esperamos en NY

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  6. Silvia

    jajajaja a mí también me ha pasado y me parece de lo más injusto que no se pueda llevar regalos a la familia, hasta el que tiene plata quiere ahorrar un poco cuando puede comprar algo fuera, sin tanto impuesto como en América Latina. y- esas hojitas donde informan eran muy útiles!

    abrazo y feliz año 2018!!!

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  7. Adrian

    Bueno por partes. Si uno importa mercadería (por q en definitiva es una importación de mercadería, independientemente q sea bajo el régimen de equipaje) q esperabas? No abonar los tributos q gravan la importación? Alegas q desconocias está situación porque no se te dio un formulario de aduana. Sos una persona que viaja regularmente, y a pesar de ello desconoces mínimamente el régimen de equipaje (no sabías q tenes una franquicia y q excediendo la misma tenes q abonar los tributos correspondientes) amen de ello, el error o desconocimiento de derecho no excusa y por tanto esa alegación carece de entidad para excusar. Si traes mercadería y no la declaras es una infracción, y si no se te dio el formulario de declaración, tenes la obligacvion de hacer la declaración en forma oral al servicio aduanero previo al inicio del control, de lo contrario es efectivamente una infracción. Y por último mención aparte la amenazas al funcionario actuante (q no hace más q su trabajo) y conducirse en forma impropia o invocando relaciones personales o amenazando con abogados, cuando hay q reconocer el error de tus actos asumir sus consecuencias y responder. Tampoco considero q fuera una fortuna a abonar por la infracción, puede ser un monto interesante para el asalariado promedio pero no una fortuna. Esta publicidad en medio gráfico aprovechando una situación particular para descargar tu bronca por la situación vivida tampoco la considero correcta, porque insisto el funcionario aduanero no hizo más q su trabajo. Un abrazo grande

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    1. Ramiro Muñoz

      De acuerdo contigo, estimado Adrián. Sin embargo, también es justo que la aduana proporcione los formularios, ya que de lo contrario, estaría favoreciendo la desinformación, cuyo efecto sería el cometer una infracción. No digo que sea a causa de la Aduana, pero sí que ella no contribuye a que esta no suceda. Asimismo, me parece de lo peor que una persona se aproveche de las circunstancias para satisfacer sus venganzas personales.

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  8. Rafael Gamboa

    Es una buena narración sobre la burocracia ciega y sordomuda que existe en América Latina. En casos como este, se llama al superior de los gatos, se le explica las cosas para aclarar lo que está sucediendo. Pero, por supuesto, en nuestros países no hay supervisores asignados con autoridad y pelotas para tomar decisiones justas sobre esos malentendidos. Pareciera que las autoridades, y las empresas odian a quien les da para vivir.

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  9. Pamela

    Jaime,
    Me identifico mogollon con tus narrativa, me parto de risa cada que te leo
    La ultima vez que fui a Lima, se me acerca un segurata y me pregunta a modo de inculparme (obviamente sin razon alguna)… llevas algun liquido? Le contesto, porsupuesto, cremas para el pelo, muxa crema anticelulitica y of course, litros de gel lubricante intimo!!
    Me encanta tu estilo, espero llegar a ser tan buena escritora como tu, por lo menos encaminada estoy, ya tengo una historia sobre la cual empezar. Me encantaria hacertela llegar,
    Un beso desde España

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  10. Rosa

    Lamentablemente, la aerolínea te informó mal…no se trata de ya no declarar nada, sino de que ahora sólo llenes el formulario cuando tengas algo que declarar (el contenido de la declaración es casi el mismo, creo que sólo han modificado algunas cantidades adicionales permitidas). La medida de obviar el llenado de la declaración está hecha para aquellos turistas que sólo traen efectos personales o lo permitido de la lista, de modo que se eviten grandes colas y una mayor cogestión.

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