Jimmy Barclays está razonablemente orgulloso de un puñado de cosas: ha sido fiel a su esposa desde que empezaron a salir juntos hace diez años, y esa fidelidad no le ha costado ningún trabajo, le ha resultado natural, porque es feliz con ella en todos los ámbitos, sobre todo en el territorio del deseo y el erotismo, que ha explorado con un cierto espíritu de pirata; ha sido un padre financieramente responsable y, tanto en las buenas como en las malas, ha pagado las cuentas de sus dos hijas, que se graduaron de universidades de prestigio en Nueva York, y a las que dejó de ver tres largos años que se le hicieron un lento calvario, porque ellas no aprobaban la relación sentimental que él, famoso por disoluto, se permitió con una joven escritora veinticuatro años menor, la misma que es ahora su esposa, la mujer a la que es leal; hace años dirige y presenta desde Miami un programa de televisión que lleva impúdicamente su nombre, “Barclays”, como si fuera un diseñador de modas o un creador de perfumes, y que tiene un moderado éxito: él mide el éxito no tanto por los índices de audiencia, que tampoco son mezquinos, sino por el hecho desusado en su carrera de que en tantos años no lo hayan despedido todavía; y tiene suficiente dinero como para no verse obligado a trabajar, aunque las dos cosas que sabe hacer, escribir y hablar en público, no califican a sus ojos como trabajos, porque las hace disfrutándolas y, mientras le alcance la vida, piensa seguir haciéndolas.

La salud de Jimmy Barclays no es precaria, pero tampoco se siente espléndido. Ha cumplido cincuenta y tres años; es bipolar, toma un número de pastillas para regular su estado de ánimo y conjurar sus estallidos maníacos y sus crisis depresivas; ha tratado de suicidarse, y su impericia para los asuntos manuales le salvó la vida, pues quiso ahorcarse, como se suicidan ahora los famosos, pero estaba tan gordo que la correa no sujetó su peso desmesurado y se cayó, rompiendo aparatosamente el candelabro de la suite en la que trató de interrumpir su vida; ha sido operado del hígado y el páncreas, órganos que ha menoscabado debido a los muchos barbitúricos que ha consumido con receta y sin ella, y gasta tanto dinero en medicamentos que ha pensado en comprar la farmacia cercana a su casa, para así disponer con libertad de las drogas que allí se expenden; ha sido adicto a la cocaína y la marihuana, pero ahora no se atreve a consumirlas; duerme mucho, tantas horas como diez o doce cada noche, y corre poco, apenas media hora cuando cae la tarde y el sol abrasa menos en la isla bucólica en la que vive confinado como un monje anacoreta, y de la que sale únicamente de noche, cuando maneja hasta el estudio de televisión.

Barclays viaja a Nueva York y visita a sus hijas. No les pregunta si es un buen momento para ir a verlas, pues teme que no le respondan, decide anunciarles que está en la ciudad. No tiene sus números de teléfono, no usa el teléfono. Alguna gente se sorprende, se enoja o se escandaliza porque él no usa ciertos dispositivos tecnológicos de moda que facilitan la comunicación. Detesta el celular, lo enciende solo para escuchar los mensajes. Piensa que los diálogos telefónicos suelen ser inoportunos, insinceros, inútiles. Prefiere el correo electrónico y por eso viaja con una tableta. Les escribe a sus hijas, invitándolas a cenar en el hotel en que se aloja, el Carlyle, en la parte alta de la isla de Manhattan, cerca del parque señorial en el que le gusta extraviarse, pensando en la novela que quisiera escribir, maliciándola, celebrando que nadie lo reconozca ni le pida una foto. Sus hijas responden con entusiasmo. Comen juntos los tres, él pide lo de siempre al camarero chileno, Alberto, que ya es su amigo, el lenguado con mantequilla y alcaparras. Acabada la cena, pasan al bar. Su hija menor anuncia que debe irse, tiene un viaje a Los Ángeles temprano y debe hacer las maletas. A solas en el bar con su hija mayor, él le pregunta cómo va todo. No le pregunta por su vida sentimental, por sus novios, no quiere incomodarla. De pronto, ella enmudece, baja la mirada, se ensimisma con aire melancólico y, traspasada por una tristeza que a él le resulta inexplicable, rompe a llorar. Barclays la abraza, le acaricia suavemente la cabeza, le pregunta cuál es el problema, qué puede hacer para ayudarla. Ella dice:

-Estoy deprimida. No me gusta mi vida. No puedo dormir bien. Todo se me hace pesado.

Barclays le pregunta si ha tenido algún traspié sentimental, un conflicto en el banco de inversión en el que trabaja.

-No es eso -responde-. Es que soy bipolar, como tú. Y a veces pienso suicidarme.

Aterrado, él la abraza y le promete que no se irá de Nueva York hasta que ella se recupere.

-Si eres bipolar, deberías tomar las pastillas que yo tomo -le dice.

Luego sube presuroso a su habitación, revuelve sus maletas, retira seis frascos de pastillas sin abrir y baja enseguida al bar. En tono afectuoso pero firme, le ruega a su hija que tome tres pastillas, las mismas que él toma todos los días y que, insiste, sin sentir que exagera, le han salvado la vida. Ella toma las pastillas y dice que todo va a estar bien. Barclays se siente culpable. Algo he hecho mal, piensa. Soy un padre egoísta, ausente. Le rompí el corazón cuando dejé a su madre. La humillé cuando me enamoré de una jovencita que casi tenía su edad. Pobre mi hija, no ha podido recuperarse de tener un padre tan impresentable como yo. Barclays no sabe qué hacer para ayudarla. La acompaña en taxi a su apartamento y se marcha cuando ella se lo pide, extenuada. Nada más llegar de regreso al hotel, le escribe a su ex esposa, le cuenta lo que ha ocurrido, le pide que tome el primer vuelo a Nueva York, él la invita. La ex esposa responde sin dilaciones y promete que viajará enseguida. Al día siguiente, él despierta hacia las dos de la tarde y le escribe a su hija mayor, preguntándole cómo se siente.

-Dormí buenísimo -responde ella, desde el banco en que trabaja-. Tus pastillas funcionaron. Mil gracias. No te preocupes, ya estoy bien, solo fue un mal día.

Barclays insiste en verla por la noche, cuando ella salga del banco, pero su hija le dice que no será posible porque tiene un compromiso con unas amigas. Él se queda preocupado, se pregunta si ella le estará mintiendo. Se aburre conmigo, piensa. Le recuerdo malos momentos, se deprime cuando me ve. Es feliz cuando me evita. No hay nada que pueda hacer, salvo enviarle un correo diciéndole que la amo profundamente y que estaré siempre a su lado. La ex esposa, una mujer elegante, de nariz aguileña, adicta al tabaco y al alcohol, llega de madrugada y se aloja en el Carlyle. Tan pronto como se presenta en la recepción, llaman a la suite de Barclays, tal como él había pedido, lo despiertan y le anuncian que su invitada ha llegado. Él baja en piyama y pantuflas, cubierto por una bata blanca. Abraza a su ex esposa, le agradece por estar allí, confirma que pagará todos los gastos. Suben a la suite donde ella dormirá. Cuando se retira el maletero, él le dice:

-Estás muy guapa. Había olvidado lo guapa que eres.

Ella sonríe, tímida o ruborizada. Él se acerca y la besa en los labios. Ella no se lo impide. Él siente el olor a tabaco en la boca de su ex mujer. No se habían besado hacía un tiempo largo, desde que él se enamoró de la joven escritora que es ahora su esposa. Curiosamente, él piensa que fueron mejores amantes no como esposos, sino ya divorciados.

-Deberías dejar de fumar -le dice, con afecto.

Cuando vivían juntos en Washington, ella le decía que no fumaba, y solo lo hacía a escondidas de él, y cuando él le preguntaba por qué olía a tabaco, ella le mentía:

-Mis amigas fumaron y se me pegó el olor.

Él vuelve a besarla, espoleado por una zona oscura de su orgullo que lo conmina a demostrar que aún tiene un poder erótico sobre ella y es capaz de subordinarla a su cuerpo. Ella advierte una incipiente erección y lo mira, halagada o sorprendida o incómoda.

-¿Te provoca tirar? -le pregunta él, sorprendido del deseo envanecido, irracional, que lo asalta por poseer a esa mujer que tantos años atrás fue suya.

Ella da un paso atrás, lo mira con un cierto disgusto y dice:

-No es una buena idea.

Luego añade:

-Pensé que me habías invitado para acompañar a nuestra hija en un momento difícil, no para tirar.

Arrepentido de haberse precipitado con una lujuria y una temeridad inhabituales en él, abochornado por ese paso en falso, Barclays dice:

-Mil disculpas, mejor me voy a dormir.

Le da un beso comedido en la mejilla y le susurra al oído, entre pícaro y vanidoso:

-Usted se lo pierde, señora.

Luego se marcha con aires de divo, pensando en que la pastilla que toma para estimular la libido funciona maravillosamente y le procura sorpresas como la que acaba de emboscarlo.

Al día siguiente despierta tardísimo. Su hija y su ex esposa no le responden los correos. Seguramente la arpía de mi ex le ha contado que quise tirar con ella, qué idiota soy, piensa. Viste ropa deportiva y camina a las clases de yoga que toma con una instructora chilena, cuando está de visita en la ciudad. Terminada la clase, la chilena y Barclays van a tomar un té verde. Ella no para de hablar. Ha terminado recientemente con su novio. Habla y habla con una cierta neurosis inquietante. Habla una hora larga, mientras él, de soslayo, esquinadamente, le mira las tetas y se pregunta si será buena en la cama. De pronto, ella lo sorprende con una pregunta:

-¿Tú eres fiel a tu esposa?

-Sí -responde él-. Nunca le he sido infiel. Nunca. Y llevamos ocho años casados.

-¡Ocho años! -se escandaliza ella-. ¡Es demasiado tiempo! ¡Cómo has aguantado!

Se ríen. Barclays no sabe si ella le está proponiendo un encuentro erótico, o si solo está siendo chismosa y lenguaraz.

-No me cuesta ningún trabajo -dice-. Y tampoco me tientan mucho, la verdad.

Poco después, ella le dice, tomándolo de la mano:

-Tú sabes que soy muy ermitaña y que sexualmente soy autosuficiente.

Lo dice porque ella le ha contado que es muy diestra procurándose placer a solas.

-¿Qué te parece si vamos a mi apartamento y te permites una travesura? -pregunta la instructora de yoga, con pleno dominio de sus palabras-. Nadie se va a enterar, será nuestro pequeño secreto -añade, con un brillo malicioso en la mirada.

Jimmy Barclays se toma su tiempo, la mira a los ojos, sonríe, halagado, y le dice:

-Eres guapísima. Lo haría feliz. Pero amo a mi esposa. No puedo hacerle eso. Elijo serle fiel.

Enseguida cambian de tema y fingen que nunca hablaron de eso. Cuando se despiden, él la abraza y le dice que la quiere, y luego se marcha solo, aliviado, seguro de que ha tomado la decisión correcta.

A la noche, Barclays cena en el Carlyle con su hija y su ex esposa, y parecen felices los tres: la hija, bien medicada por su padre y recuperada de la niebla depresiva; la ex esposa, orgullosa de que aun a sus cincuenta años es capaz de turbar eróticamente al hombre que le dio dos hijas; y él, Jimmy Barclays, el eterno seductor, el último playboy, contento de ver sonriendo a su hija y su ex esposa, y más dichoso aun de saber que no ha roto el pacto de fidelidad que tiene con su esposa, a quien tanto ama.

13 pensamientos acerca de “El último playboy

  1. Luis

    Lo máximo Jaime, estoy leyendo todos tus libros. Eres un excelente escritor utilizando la prosa peruana. Un fuerte abrazo. Regresa al Perú por favor Francotirador. ToNgO te espera. jajaja

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  2. Bita

    Maravilloso escrito. Me encantó. Son tan entretenidos. Amo tu.familia hasta a tu perrito. Siempre oro por tu salud y por tu familia. Te veo todas las noches desde ECUADOR.

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  3. Carlín

    Jayme, eres un genio como narrador pero tu hija … está en una situación muy delicada actua con tino, no vaya ser que después te arrepientas toda tu perra vida.

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  4. Leyda

    Jimmy que buen cuento, me encantan tus ironías, cómo juegas con la imaginación y la haces tan creíble. Te felicito. Yo creí que era solo yo quien a veces siento remordimientos por la forma cómo mis hijos se relacionan conmigo, siento que su independencia les permite hacer a un lado a sus padres, pero yo como madre me autocastigo pensando mil cosas, por eso me identifico tanto con tu escrito. De nuevo te digo que me encanta leerte.

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