Querido hijo:

¡Cuánto me hubiera gustado conocerte! ¿Podríamos haber sido felices, muy felices? Quiero creer que sí. El destino nos negó esa suerte. Bien sabes que la vida es todo menos justa.

Toda la vida soñé tener un hijo como tú. Quería ser padre de un hijo y forjar una amistad indestructible con él. Quería que fuésemos un equipo inseparable, unido por tres cosas básicas: el humor (quiero decir, que pudieras reírte de mí todo lo que te diera la gana), la pasión por el fútbol y la curiosidad por viajar y conocer el mundo.

Mi padre y yo fuimos enemigos, adversarios, tal fue la suerte aciaga que él eligió para nosotros. Yo no podía ser todo lo rudo y pistolero que él esperaba de mí, su hijo mayor. Lo decepcioné en toda la línea. Le salió un hijo sensible, delicado. Me repudiaba, y no lo disimulaba. Peor aún, yo llevaba su nombre, y el nombre de su padre, por eso en las cenas familiares ponían una tarjeta, en el lugar donde yo debía sentarme, que decía Jaime III. Tú no hubieras sido Jaime IV ciertamente, hijo mío. De ninguna manera te hubiese puesto mi nombre, ya manchado. Te hubieras llamado Sebastián, o Diego, o James. Creo que te hubieras llamado James.

Yo quería que fueras mi hijo para redimirme del fracaso que viví con mi padre. Quería demostrarme que había aprendido de aquella desgracia sin remedio, la animosidad y el encono que agriaron la relación con mi padre, y que tú y yo podíamos construir una relación de afecto, ternura (sí, ternura, los hombres también podemos ser tiernos, por qué no), complicidad y lealtad inquebrantables, un pacto de amor para toda la vida. Estaba listo para ser tu padre. Pero el destino, ese canalla, ese bribón, me puso una zancadilla y te alejó de mí.

Yo tenía treinta años cuando tu madre quedó embarazada de ti. Estaba casado con otra mujer. Había tenido una hija con ella. En un viaje, conocí a tu madre y me enamoré repentinamente de ella y tuvimos una relación clandestina, a escondidas, porque ella estaba casada y yo, también. Ella, tu madre, vivía en una ciudad lejana, y para verla tenía que mentirle a mi esposa e inventarme viajes de trabajo. Amaba a tu madre. Era una artista muy talentosa. Perdí la cabeza por ella. Estaba dispuesto a separarme de mi esposa para vivir con ella. Pero tu madre no quería separarse de su esposo, con quien tenía dos hijos. Ella quería tener una relación intensa, brutal, pero fugaz, pasajera, conmigo, su amante literario y levemente femenino. Porque tu madre, hijo mío, amaba, no deploraba, mis rasgos delicados, femeninos, a diferencia de mi esposa, que sufría por ellos.

¡Qué dichosos fuimos tu madre y yo cuando nos encontrábamos en hoteles para pasar dos o tres días juntos, encerrados, casi sin salir para que nadie nos viera! ¡Con qué pasión incombustible nos amábamos! ¡Cómo nos maravillaba la certeza de que habíamos nacido para conocernos! ¡Qué ilusión tenía yo de que, sorteando las adversidades, haciendo acopio de coraje, ambos rompiésemos nuestros matrimonios y terminásemos viviendo juntos! Pero no fue así, hijo mío. No fue así, y tú lo sabes bien, tú lo sabes mejor que nadie.

Yo era entonces un escritor advenedizo, principiante, y, sin embargo, bastante exitoso. Había dedicado tres años, casi cuatro, a escribir una novela basada en mi vida, en mis demonios, fantasmas y obsesiones, gastándome casi todos mis ahorros para trabajar en ella a tiempo completo, sin distracciones, y había conseguido publicarla en España, y el libro había sido un éxito inesperado, sorprendente, tanto de crítica como de ventas. Aquella primera novela mía, que luego se hizo película, me exigió, hijo mío, librar una batalla desigual: toda mi familia y la de mi esposa, incluyéndola a ella, se opusieron a que la publicase, y la encontraron, en ciertos casos aun antes de leerla, repugnante, pecaminosa, despreciable, y me quedé bastante solo, fueron días terribles para mí. Pero tu madre la había leído, suerte la mía, cuando nos conocimos de un modo fortuito, accidental, en un aeropuerto, y me dijo que le había encantado, que había llorado y reído leyéndola, y eso, como comprenderás, nos unió tremendamente.

Por suerte, mi esposa fue leal conmigo y no me abandonó cuando se desató el escándalo moralista por mi primera novela, no en España, claro, sino en el Perú, el país donde nací. Decían que yo, el autor improbable, era depravado, pervertido, amoral. Mi suegra me dijo: “Ojalá te mueras de sida, tirado en la calle como un perro”. Mi madre me dijo: “Tu libro es una basura”. Pero tu madre, hijo mío, me dio fuerzas, me animó a redoblar esfuerzos y seguir escribiendo, me dijo: “Tu mejor revancha es publicar otro libro”. Y así fue, ella tenía razón.

Cuando tu madre me llamó por teléfono (en esos tiempos no usábamos todavía el correo electrónico, te reirás de mí) y me dijo que estaba embarazada y que sin duda ninguna yo era el padre del bebé que llevaba en el vientre, vivimos una crisis terrible, no supimos qué hacer. Porque ella, tu madre, casada y con dos hijos, no se llevaba mal con su esposo, y hasta lo quería, estaba acostumbrada a quererlo, y él era un hombre de éxito, ganaba mucho dinero, y porque yo vivía con mi esposa y nuestra hija pequeñita, y mi esposa estaba embarazada por segunda vez, y ya sabíamos que el bebé sería nuevamente mujer. Yo, hijo mío, no lo dudé: le pedí a tu madre que fuera valiente y le dijera a su esposo que estaba embarazada de mí. Le dije que ella debía separarse de su marido y que yo me apartaría luego de mi esposa y enseguida nos iríamos a vivir a la ciudad que ella eligiera para que tú pudieras nacer en un clima de paz, armonía y felicidad. Tu madre, una mujer fuerte, de gran carácter, preciosa, talentosísima, gran artista, me pidió que le diera un tiempo para meditar bien su decisión. Es decir, me pidió que no la llamara, que la esperase tranquilo, confiado en que todo saldría bien. Y así fue, la esperé. Pero ella me llamó unos días después y me dijo llorando que no podía separarse de su esposo y sus hijos. Me dijo que había pensado decirle a su esposo que estaba embarazada de él, y así tú podías nacer y tener a un padre oficial que en realidad no sería tu padre biológico, y que luego podías conocerme, y yo, tu padre de verdad, sería a tus ojos una suerte de tío de cariño. Eso fue lo que me propuso tu madre, en medio de la crisis. Yo quedé triste, desolado, y le dije que me parecía una mala idea. Le pregunté: ¿y si es idéntico a mí? ¿Y si tu esposo sospecha que no es su hijo? ¿Y algún día nuestro hijo sabrá la verdad? Tu madre estaba asustada, preocupada, y no sabía qué hacer. Yo pensaba que mentirle a su esposo terminaría siendo un error, un gran error.

Por supuesto, no le conté ni una palabra a mi esposa, la hubiese humillado y me hubiera abandonado en el acto, no se lo conté a nadie, absolutamente a nadie. Tu madre, tan valiente, tampoco se lo contó a su esposo, ni a sus mejores amigas, solo confió en su sicoanalista. Con él, su sicoanalista de muchos años, argentino por supuesto (ya sabes que los mejores sicoanalistas son siempre argentinos), sopesó bien las opciones, evaluó los riesgos y decidió lo que quería hacer. Yo estaba resignado a que tú nacieras como hijo del esposo de tu madre, estaba resignado a ser tu tío Jaime, tu tío regalón que vivía en Miami y venía con frecuencia a visitarte. Si así tenía que ser tu vida, así sería. Al menos me sacaría el clavo de la guerra que libré con mi padre y encontraría la manera de tener una relación feliz contigo, mi hijo, mi hijo clandestino, agazapado, enmascarado, escondido, pero mi hijo al fin y al cabo.

Hasta que un día estaba solo en mi casa (mi esposa y nuestra hija pequeñita habían salido al parque), en esta isla en la que aún vivo, duchándome por la tarde antes de ir a la televisión, cuando me llamó tu madre. Cogí el teléfono inalámbrico bajo el agua tibia, hubo un silencio prolongado, inquietante, opresivo, pude oír a tu madre llorando desconsolada, buscando un hilillo de voz que se le escapaba, y enseguida me dijo:

-Se fue. Nuestro hijo se fue.

Sentí que iba a desmayarme. Me senté en la ducha, el agua todavía cayendo sobre mí. No pude articular palabra. Me invadió la tristeza más honda y devastadora que había sentido nunca. Sentí que iba a morirme de súbito por la pena, la pura pena infinita.

-¿Qué pasó? –pregunté.

-Lo perdí –dijo ella-. Lo perdí.

Hubo una pausa callada, los dos sollozando. Luego añadió:

-Lo siento. No sabes cuánto lo siento. Estoy destruida. Por favor no me llames más. No me busques. No puedo verte más.

De inmediato, cortó.

Semanas después, llegó una carta manuscrita de tu madre. En ella, con gran valor, me confesaba lo que yo ya sospechaba: que la terrible desgracia que impidió que nacieras no fue dictada por el azar, sino que tu madre, comprensiblemente asustada, abrumada, extraviada en un jardín de dudas espinosas, decidió abortar para eximirte de una vida complicada, llena de hipocresías y duplicidades, con un padre de mentira y otro ausente, de verdad. ¡Cómo no me consultó antes de abortar, hijo mío! ¡Cómo no me dio la oportunidad de disuadirla, hacerle ver las cosas de otra manera! ¡Por qué se apresuró en tomar una decisión que nos privaría de la incalculable felicidad de conocerte! ¡Qué lástima que nos faltó valor para estar juntos en ese momento en que nos pilló, desprevenidos, la tormenta!

Te pido perdón, de rodillas, hijo mío, porque tú madre y yo te fallamos cuando más nos necesitabas. Te ruego que no nos guardes rencor. Fuimos cobardes, egoístas, ya lo sé. No estuvimos a la altura de las circunstancias. Pero es bueno que sepas que no he renunciado a la ilusión de verte, conocerte, besarte, abrazarte. Sé que estás en alguna parte, esperándonos. Sé que, tarde o temprano, cuando consiga deshacerme de este cuerpo ya viejo y un tanto obeso, iré a buscarte dondequiera que estés y te encontraré y nos amaremos en esa otra vida como no pudimos amarnos en esta vida tan absurda, tan injusta, tan miserable. Espérame, por favor, hijo mío. Espérame un poco más. Te prometo que cuando llegue te llamaré por tu nombre, James, te besaré en las mejillas como nunca me besó mi padre, y luego nos iremos a jugar un partido de fútbol con tus amigos. Y la vida, querido James, será eterna, inmortal, incorruptible, y nadie podrá alejarnos nunca más.

47 pensamientos acerca de “Carta a mi hijo James

  1. Vanesa

    He leído algunos libros tuyos y recién no hace mucho descubrí estos escritos tuyos y siempre que los leo trato de adivinar cuanto de verdad y cuanto de imaginación hay en las cosas que escribes y este relato es sin duda alguna la continuación de ese amor tan profundo que sentiste por tu prima deduzco que es real está situación y cuando leo algo de tu vida es Como si te conociera en persona o al menos trato de imaginar que eres de tal o cual forma Ojalá la vida me regale la oportunidad de verte en persona algún día… OJALÁ

    Responder
  2. Christye

    Conmovedora historia Jaime.
    Recordé unas palabras que quedaron en mi mente hace un tiempo…
    “Es mejor gastar energías peleando con quien amas que haciendo el amor con quien quieres”
    Muchas veces la cobardía no nos permite arriesgarnos y luchar por la felicidad por simple miedo a perder lo que se tiene seguro. El amor es locura…vale la pena arriesgarse por quien se ama de verdad.
    Nunca pierdas esa esperanza…en un futuro no muy lejano podrán verse y estar juntos para siempre Jaime y James.

    Responder
  3. Daniel

    Recién leo tus cuentos por una casualidad y James te esta esperando para primero conocerte luego besarte acariciarte y tu de igual forma y jugar con el con su amiguitos y recuperar el tiempo perdido. Me quebré leyendo lo de James

    Responder
  4. Alfredo Randich

    Para serte sincero, es la primera vez que leo tus escritos, y créeme los he leído todos. Me fascina la idea de saber que tienes un gran corazón y una humanidad a prueba de balas. Como no compartir contigo todos tus narraciones, si hasta se me salieron algunas lágrimas, y ojo, soy un hombre de 73 años bien vividos. Pero no puedo disimular la emoción cuando leo a personas como tú, que ponen el corazón en sus escritos, tan bien narrados.

    Responder
  5. Luis Enrique Pérez Asenjo

    Puta que historia para más estremecedora, eres un bravo yo me considero un hombre fuerte, pero al leer esta triste historia estuve a punto de quebrarme, éxitos Jaime, desde Perú.

    Responder
  6. Leyda

    No se Jayme si leas estos comentarios, pero busco tus escritos, tus cuentos, porque ya estoy adicta a ellos. Siento que escribes desde el alma, tus sentimientos son tan de todos los mortales que cualquiera podemos ser tu en el cuento. Y ese dolor punzante que llevas clavado en tu corazón por la relación dolorosa que tuviste con tu padre me parece tan cruel y tan injusto, eso lo llevarás por siempre, pero espero que lo puedas redimir un poco cuando la bella Silvia te de ese hijo tan ansiado. Ya lo verás y entonces yo también seré redimida de esa triste imagen de verte un niño sufrido, no comprendido, no amado por su padre….desde Venezuela con mucho afecto

    Responder
  7. Ana

    Sin palabras… me.encanto leer esto … xk me recuerda…el amor filial ese amor que ni sikiera la muerte puede destruir…y donde los pensamientos mas tristes y el amor incondicional estan expresados en cada parrafo de esta lectura.

    Responder
  8. Joanna

    Muy conmovedor ese pasaje de tu vida, Dios se encarga de aliviar nuestras tristezas, solo nos queda pensar, como dices tú, que habra una vida que cumplir con nuestros bebes que no pudieron ver la luz. Exitos Jaime como siempre

    Responder
  9. Patricia

    Hermoso homenaje al hijo que pudo ser. Era necesario e importante para ti escribir esta carta, tal vez una forma de aliviar la carga emocional de ese hijo y de la terrible relacion con tu padre. Cariños desde Vancouver de una compatriota tuya.

    Responder
  10. Ivan

    Mi historia contada en otras circunstancias, cuando era un adolecente casi un niño, pero el mundo da vueltas y pude formar un hogar con el amor de mi juventud, me hiciste retroceder en el tiempo y recapacitar nuevamente en lo que vivi en esos años .Grande Jaime

    Responder
  11. Julio Ramírez

    Vivencias que lo guardamos en el fondo de nuestro ser, con una dama que también te dio su complicidad, su amor, sus días, la vida nos da tantas experiencias pero tu Jaime lo escribes con genialidad, me identifique con tu historia y no pude aguantar esa lagrima que pudo escaparse. Fuerte abrazo desde Lima.

    Responder
  12. Frank

    Q conmovedor e irresponsable…la paternidad no se puede tomar a la ligera. Si el relato es cierto, el protagonista debió haber tomado un avion a donde mierda sea q estaba su hijo y haber hecho algo al respecto y a tiempo…cobardes ambos el padre y la madre

    Responder
  13. Felix Jose Garzaniti Klinger

    que bien escrito , que historia , tan real tan ficticia que nada sabemos pero llega a las emociones humanas , se me cayo una lagrima, yo , honmbre curtido por el tiempo . brillante y con la grandeza de que todos pensamos que facil es escribir como tu , jajajajajaj ser sencillo es lo mas dificil del mundo , grande campeon

    Responder
  14. Enrique Baeza

    Eres un tremendo escritor Jaime, pero eso altera tu vanidad, creo he leído todos tus libros y ahora encontré este blog en un diario argentino (tenia que ser los argentinos ehh Jaime) y siempre te leo. Tu mente es un torbellino de ideas que se atropellan por salir cada semana para el regocijo de aquellos que te leemos. Felicidades hermano

    Responder
  15. Alicia

    Pero como me conmoviste.
    El solo hecho de ser capaz de sentir ese amor tan inmenso, te hace tan grande Jaime.
    Estas condenado a encontrarte con James tarde o temprano, y te amará como nadie.
    Te espera, espéralo.

    Responder
  16. Karla Grajeda

    Amo todo lo que escribes Jaime. Desde que te conocí en televisión, te sigoy te admiro!!!! En Guatemala tienes una fan que ama tu esencia y todo, todo lo que haces. Abrazos Jaime. Felicidades por ser tan valiente y genuino. Vales cada quilate de tu ser!!!!
    Karla.

    Responder
  17. Carolina

    Hermoso!! Quede sin palabras !! Sabes que hace mucho tiempo no me atrevo a leer un libro y quizás por aquí este medio tan moderno que es ahora, me atreví y siempre que empiezo a leer alguna columna tuya me atrapa y termino leyendo toda la columna. Grande Jaime ..mi mas sinceros respeto y admiración! Saludos desde Santiago de chile una peruana mas haciendo patria en tierras ajenas. Besos

    Responder

comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*