Si no fuera por el amor de mi esposa, ya estaría muerto. Si no fuese por el cariño de mi hija menor, yo sería un cadáver.

Ellas me han salvado la vida, o me han insuflado una existencia placentera que había perdido, o que creía no merecer. Estos últimos años con ellas han sido memorables.

No conozco a nadie más ocioso que yo. Vivo para descansar, no descanso para vivir. Cuento los días para salir de vacaciones.

Lo mejor de todo son los viajes con ellas. Viajar es una afirmación de la libertad individual. Ya no me gusta viajar para trabajar, por obligación, para cumplir una agenda. Me gusta viajar a discreción, adonde nos dé la gana de ir, guiados puramente por la curiosidad y la ilusión.

Está bien ir a los museos de prestigio, no digo que no me interesa visitarlos de vez en cuando, pero prefiero conocer los parques más lindos de esa ciudad. Ciertos árboles centenarios, casi inmortales, me conmueven más que los cuadros obvios que veremos apiñados entre turistas que nos empujan para sacarse una foto.

Tres cosas son esenciales para que un viaje sea feliz: tomar el té en un hotel señorial, a media tarde; caminar por los parques más inspiradores de la ciudad, y si el clima es propicio, no tan solo sentarse en una banca, sino echarse sobre el césped, a la sombra de un árbol, mirando cómo se mueven, distantes, las nubes; y descubrir la mejor heladería de la ciudad, visitándola con espíritu bucanero, reñido con las dietas y la perfección estética.

Porque a estas alturas de mi vida, y supongo que esa es otra señal de mi pereza congénita, incurable, no tengo el menor interés en ser flaco, si esa delgadez está hecha de privaciones, rigores y abstinencias. No soy gordo, soy gordito, y me siento orgulloso de serlo, porque soy un gordito feliz, supremamente feliz, exento de toda culpa. Los gordos y los gorditos me caen bien, pues estamos en la misma cofradía: aceptamos que somos groseramente imperfectos y, al mismo tiempo, sabemos que esas imperfecciones, esos tejidos de grasa, esas protuberancias adiposas, están hechas de placeres, son una suma de deleites inconfesables: esos chocolates, esos helados, esos tostados de jamón y queso, esas lasañas, alguien tiene que hacer el trabajo sucio de comerse todo aquello.

Sin embargo, soy un gordito que sale a correr. Calzo mis zapatillas, visto un buzo azul y salgo a trotar como una señora menopáusica. Puesto que soy tan ocioso, el más vago de esta isla, la velocidad a la que corro es, en verdad, risible, y todos los demás corredores me sobrepasan fácilmente, y a veces ha ocurrido que alguien caminando a toda prisa me ha dejado rezagado. Cuando eso ocurre, procuro no sentirme humillado, me digo que soy una tortuga, no una liebre, y que soy un escritor, un hombre lento, no un atleta, un hombre de acción. Correr tan despacio y por apenas media hora no sirve de nada, supongo, pero es bueno para el espíritu porque lo saco a pasear, a ver los árboles, los pájaros, las nubes, las casas de los ricachones de la isla, unas casas que nunca ocuparé ni, en verdad, quisiera ocupar.

Porque mi casa, esta casa en la que vivo hace tantos años, no es una mansión, pero tampoco un chalé mesocrático, y en ella soy feliz, he sido más feliz que en cualquiera de las otras casas en que he vivido. Tiene dos pisos, seis habitaciones, seis baños, una piscina, y está rodeada de grandes palmeras que la aíslan de los vecinos y la confinan en un ámbito de absoluto sosiego y privacidad: nunca nadie te mira de una casa vecina, de un edificio al lado, y, si te da la gana, puedes bañarte desnudo en la piscina, sin ocasionarle un disgusto a nadie. Podría comprar una casa más grande con salida a la bahía o con vista al mar, pero no me interesa mudarme, en esta casa soy feliz y eso es sagrado, hay que atesorarlo, elijo quedarme acá hasta el fin de los tiempos.

También podría comprarme un yate, una lancha, un auto de lujo, pero estoy seguro de que nada de eso me haría más feliz. Las posesiones, las cosas, generan dependencias, gastos, servidumbres. Más cosas posees, más casas compras, más gastas, más personal tienes que contratar para que todo funcione. Soy partidario de llevar una vida austera. En mi caso lo ideal es ser feliz con poco dinero, el menor dinero posible. Soy un hombrecillo de bajo mantenimiento. No me interesa comprar ropa, joyas, relojes, cosas de lujo. Soy feliz con mi ropa vieja, mi casa que ahora huele a perro y mis autos cómodos, rendidores: para qué más, si así está bien. No conviene acostumbrarse a que la felicidad sea en extremo costosa, es mejor que se consiga con poco dinero. Una película, una serie, un libro, una tarde caminando por un parque precioso, un té y unas galletas en un hotel señorial, nada de eso cuesta mucho dinero. Y con eso me basta para ser feliz.

Mi única extravagancia con el dinero son los viajes. Admito que cuando viajo puedo gastar mucha plata. Si no puedo viajar adelante en los aviones, con toda comodidad, prefiero quedarme en casa. Si no puedo dormir en un buen hotel, elijo no viajar. Entonces gasto bastante dinero en viajes, es verdad. Porque viajo todos los meses, sin que nadie me obligue a ello. Lo hago porque creo que cuando viajo es como si viviera otras vidas, me reinventase, adquiriese otras identidades transitorias. En esas ciudades a las que voy guiado por la pura curiosidad y la búsqueda de la belleza y el placer, nadie o casi nadie me conoce, y entonces puedo darme el lujo de ser otra persona, escapar de la piel en la que me encuentro encarcelado y fingir que soy otro, alguien mejor, alguien peor, y que la vida no es solamente la rutina plácida que cumplo allá lejos, en mi casa, sino que está hecha también de esas incursiones aventureras en lugares que nunca había pisado y que las ventajas de la modernidad me permiten conocer.

Resulta que ahora viajaremos con un perrito de tres meses que ha comprado mi esposa. Si no lo admiten en la cabina del avión, cambiaremos de aerolínea y hasta de destino. Si no lo reciben en el hotel, iremos a otro hotel. Quién me hubiera dicho que un perrito sería tan altamente prioritario en mis viajes, al punto de devolver unos boletos que ya había comprado porque esa aerolínea no permite perros en la cabina, aun si viajas en primera clase. El amor es eso mismo: hacer concesiones, aceptar el caos, rendirse sin más. El amor es, al final de cuentas, una rendición. Si no te rindes, si peleas por tu ego, si quieres ser el que lleva la voz cantante, puede que no lo disfrutes tanto. Y al final, me temo, te rendirás igualmente. Porque la vida misma te obliga a desprenderte de cosas que creías inseparables de ti, rebajar tus expectativas y ambiciones, aceptar que el azar a menudo influye mucho más que la propia voluntad humana en tu pequeñísimo, irrelevante destino. La vida, sobrevivir, envejecer, te obliga a perder muchas batallas, por muy astuto que seas como estratega. Lo mejor es convertir esas derrotas en formas de sabiduría que te permitan ser feliz, a pesar de todo. Ganar todas las batallas, lucir siempre invicto e inexpugnable, es tan probable como ser inmortal.

He tenido una larga vida feliz. He sido feliz porque he sido libre. He hecho lo que realmente quería hacer. Quise hacer televisión porque no me dejaban verla de niño por razones de pureza religiosa, y porque quería ser independiente de mis padres en las cosas del dinero, y tan mal no me fue, sigo fatigando ese oficio treinta y cinco años después. Quise ser un escritor, publiqué mi primera novela hace casi veinticinco años, y he conseguido desembarazarme de un puñado de novelas, no sé si catorce o dieciséis, demasiadas en todo caso, insólitamente muchas, siendo un haragán. Quise ser padre y conocí la dicha de tener tres hijas. Quise ser hombre, quise ser mujer, quise tener novias y novios, y no me privé de nada, conocí el placer y sus abismos y despeñaderos. Por un momento fugaz quise ser presidente de mi país, pero por suerte esa fiebre me pasó rápido, y cuando digo por suerte, quiero decir para fortuna de mi país y de mi salud. No sé qué me falta para que mi vida sea más completa y feliz. A veces me tienta producir una película. En ocasiones pienso en abrir un restaurante. Muy raramente me vuelve a seducir el poder, la política, el asalto a esas glorias efímeras. Pero al final del día prevalece mi espíritu perezoso y me digo que debo limitarme a hacer dos cosas y solo dos cosas, a pesar de que en ambas soy probadamente mediocre: seguir escribiendo libros y haciendo televisión. Mi próxima novela saldrá en julio, en la ciudad en que nací, con suerte iré a presentarla, y en ella tengo cifradas ahora mismo mis mejores ilusiones.

Mi madre no contesta mis correos, se ha distanciado de mí, por lo visto sigue enfadada o resentida o dolida porque no le gustan las cosas que escribo, le mortifica que cuente cosas íntimas, personales. Lo siento tanto, pero no sé escribir de otra manera, o no me interesa escribir de otra manera, toda la vida he escrito de lo que me obsesiona, y lo que me obsesiona tiene que ver con lo que he vivido, lo que quise vivir y no pude, lo que hubiera querido vivir de otra manera y salió torcido, con lo malo, triste, absurdo, imperfecto, que tiene la vida. Mis hijas mayores, no sé cuándo las veré, con suerte nos veremos en dos semanas, cuando pase por allá arriba, donde ellas viven. Si supieran cuánto las echo de menos y, al mismo tiempo, cuán orgulloso me siento de sus triunfos. Por ahora el amor que recibo en dosis inmoderadas, inmerecidas, todos los días, proviene de mi esposa jovencísima que en noviembre cumplirá treinta años, de nuestra hija intelectual y resabida de apenas siete años, y de nuestro perrito de tres meses, que me ha robado el corazón con sus gracias y morisquetas. No puedo pedirle más a la vida: soy libre, soy vago, soy gordito, soy feliz, estoy exactamente en lugar donde quiero estar, con quienes elijo estar, y cuando llegue el momento de dejar de respirar, podré decirme, destruido, pero no derrotado, que me di el lujo de vivir tal como me dio la gana.

33 pensamientos acerca de “El amor es una rendición

  1. Mariela

    Me encanta la franqueza de estas frescas historias y la cercanía con la cual prácticamente escuchamos tu voz, un abrazo y cariños desde Venezuela!

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  2. Carlos Galvez

    Quisiera algún día describirne tal cual, de lo que fui y de lo que soy, y del como lo hice…..
    Con la escritura perfecta, claro!
    Saludos: Jaime Bayly

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  3. Walter Rodríguez

    Excelente Jaime, que tal pluma!!!, q tal cerebro, admiro tu habilidad para escribir, estaré ansioso de julio por tu presentación de tu última novela.

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  4. Denia

    Muy buena tu columna, como siempre. Esperaremos el mes de Julio con ansiedad para tener tu nuevo libro, como madre entiendo la actitud de tu mama, y tu debes hacerlo tambien, solo que para satisfaccion de tus lectores, y por supuesto me incluyo, leemos con gusto lo que compartes con nosotros. Trata de reconciliarte con tu mama, eso es importante para ti. Un saludo y hasta pronto!!

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  5. Hector Ramos

    Apreciado Jaime…tu pluma es mágica…hermosa columna francotirador…pintas en nuestras mentes como el mejor artista la realidad que narras en tus letras…saludos…

    Porque no retomas la sección 7×7 que hacias en Peru?..haciendo una sección parecida ahora para los viernes en tu programa en mega…

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  6. Paulette

    Yo solo tengo seis palabras que encierran todo lo que me inspiras..
    GRACIAS A LA VIDA POR EXISTIR
    PS. Antes de partir esta fase terrenal.. Quisiera Tomar un té en tu companñia y aprender mucho de tu escencia..
    Éxitos con tu libro y todo lo que emprendas…
    Eres una de mis Almas Gemélas

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  7. Shantall Flórez

    Realmente me fascina leerte. Una vez que empecé, ya no me detuve más. Puedo decir que tu estilo es sin vacilación alguna único, posee un frescor exquisito, te invita a no parar hasta encontrar el último punto con el aliento contenido y sin desviar la mirada de tan expectante que uno está. Me llena de mucha alegría que vengas en julio para presentar tu nueva obra. Aquí te estaremos esperando sin lugar a dudas con muchas ansias. Espero tener el gusto de compartir esa emoción contigo y los que nos deleitamos con tus letras. Un abrazo afectuoso y gracias por tanto!

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  8. Angela Thomä

    Vos si qué la tenés clara Bayly, de eso se trata la vida pocos llegan a entenderlo. Esta columna me recordó en partes a la entrevista que le hiciste a Facundo Cabral memorable; por mucha más felicidad en tu vida y éxito con la novela -esperando que salga para leerla-.
    Les recomiendo viajar en tren de SFO a NYC lo hice y de los mejores viajes, si te gusta la naturaleza ufa los paisajes son soñados especialmente Utah-Colorado breathtaking.
    Saludos estimado!

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  9. Jamile

    Jaime tu manera de ser es divina tan sincero y tanto amor que tienes por tu esposa y tus hijas como te expresas de ellas y de todo lo que tienes lo sabes valorar al 100 espero que sigas dándonos esas hermosas palabras siempre compartiendo tus pensamientos TAn verdaderos y reales ojalá siempre seas así y podamos disfrutar de tus libros y tus experiencias vividas .

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  10. Gabriel González B.

    ¡Felicitaciones Jaime! Es un verdadero placer leer tus columnas, que sigo “religiosamente” desde Santiago de Chile, junto a tu programa en Mega, por Youtube. Ojalá nos sigas deleitando por muchos años, con tu profunda franqueza y fino sentido del humor. Un abrazo.

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  11. luisa

    siempre es un gusto leerte y saberte tan cerca. Confirmar con tus relatos que la vida tiene sentido en el goce de lo cotidiano, en la frescura de la vida y el compartir. Todas las semanas espero tu publicacion, con el anhelo de degustarla y enriquecer mi vida. Ya esperando tu nuevo libro. Saludos desde Colombia.

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  12. Tobar

    Y yo soy feliz leyéndote, y habré sido feliz por que fue grandioso leerte, esa pluma tuya pluma que dibuja al ser humano es exquisita, tu sensibilidad es capaz de ver su demarcada silueta en el abismo de la nada. Cuando te leo, mi soledad se suspende sobre mí, como brillantes y centelleantes espadas de agua, se elevan hacia el cielo estrellado, allí donde seguro estarás luego de tu último suspirar. Por el momento continúa escribiendo, brillando, ya eres eterno! Gracias a ti!

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  13. Carolina

    Super! Jaime, te felicito, aprendiste a vivir en amor y agradecimiento, que más se le puede pedir a la vida. Gracias por ser sincero en cada cisa que escribes, pienso que el universo te retribuye por eso, por la valiosa honestidad, de la que carecemos muchos, aún hay mucho miedo para poder ser libres. Bendiciones ❤

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  14. Carolina pinto

    Querido Jaime dices cosas muy reales que nos hacen reflexionar que casi toda la vida hacemos cosas que no queremos y no hemos tenido la valentía de poner punto final a la monotonía que nos envuelve día tras día y que sólo nos deja la sensación de que no vivimos solo subsistimos. Un abrazo a tu familia y a leo jajajaja

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  15. Ana María

    Siempre estoy al tanto de los textos que escribes , me divierten y hacen reflexionar a veces . Veo que haz llegado a esa etapa en la que se te puede decir hombrecillo maduro jajajaja que hombrecillo de bajo mantenimiento jajajaja , divertido . Sigue siendo feliz ,sigue escribiendo que yo te seguiré leyendo .

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  16. Fernando Tejada

    De pie señores, ¡que genial!, que exquisitez y que orgásmico es leerte, tan conmovedor a la vez, de manera tal, que hasta lloré, porque hay cosas enredadas en tus letras, tan mías, tan grotescamente y maravillosamente personales, encajan tus letras, tus frases, algunos párrafos, con la forma en que filosofalmente me la tomo, eres un maldito de las letras, un “hijo de puta” escribiendo Jaime, tus letras son de “putamadre”, porque son “diáfanas”, porque son directas, porque con sencillez trasmites y haces vivenciarlas, gracias, gracias, gracias, escritor, maestro inspirador.

    “…y cuando llegue el momento de dejar de respirar, podré decirme, destruido, pero no derrotado, que me di el lujo de vivir tal como me dio la gana.”

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  17. Rita saavedra

    Excelente lo que escribes, no soy muy fanatica a la lectura es más si leo noticias es mucho, pero cada ve que veo que escribes algo nuevo me encanta! Eres el mejor! Me encanta leerte la próxima semana compraré tu libro no se lo digas nadie! Bendiciones! Saludos desde San Antonio, Texas

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